¡Mis queridos palomiteros!
Hay coincidencias que la historia parece disfrutar. Antonio García Gutiérrez (1813-1884) y Giuseppe Verdi (1813-1901) nacieron el mismo año. Sin embargo, el tiempo acabaría reservando a uno una celebridad universal y al otro un reconocimiento mucho más discreto. Fue precisamente El trovador, el drama romántico que García Gutiérrez estrenó en 1836, el que despertó la imaginación del compositor italiano hasta dar lugar a Il trovatore, estrenada en el Teatro Apollo de Roma el 19 de enero de 1853 y convertida desde entonces en una de las óperas más representadas del repertorio. Casi dos siglos después, el Teatro Fernán Gómez recupera ese punto de partida con un atractivo montaje que permanecerá en cartel hasta el 18 de julio y que invita a contemplar esta historia desde el lugar donde realmente comenzó.
El mayor acierto de esta producción de Ensamble Bufo no consiste únicamente en recuperar uno de los títulos esenciales del Romanticismo español. Su interés reside en algo más profundo: cambia la dirección de nuestra mirada. Durante demasiado tiempo El trovador ha sido leído como el antecedente de la ópera de Verdi. Hugo Nieto, responsable de la dirección, y Daniel Llull, autor de esta dramaturgia —que ahora se estrena—, proponen exactamente lo contrario: regresar al texto de Antonio García Gutiérrez para comprobar que posee entidad suficiente para sostenerse por sí mismo, sin vivir bajo la sombra del compositor italiano.
Esa idea recorre todo el espectáculo y explica buena parte de sus aciertos. Hubiera sido fácil dejar que el recuerdo de Verdi marcara la representación o convertir la función en una sucesión de referencias operísticas. La elección ha sido otra, y probablemente la más inteligente: confiar en el teatro. Confiar en la palabra, en el verso y en unos personajes cuyos conflictos —el amor, el honor, la venganza, la culpa o el peso del destino— siguen interpelando al espectador de hoy con la misma intensidad que hace casi dos siglos.
Por su lado, la puesta en escena responde a esa misma filosofía. La sencillez no nace de una limitación, sino de una decisión artística muy consciente. Cada elemento ocupa el lugar justo para que la atención permanezca donde debe: en el texto y en quienes lo encarnan. Esa contención permite escuchar el verso con nitidez y devuelve al actor el protagonismo que exige una obra de estas características.
La dramaturgia encuentra, además, una solución especialmente acertada al distribuir entre cinco intérpretes una historia poblada por numerosos personajes. No es un recurso pensado para exhibir destreza, sino una forma de concentrar toda la atención en el desarrollo del relato. Los cambios de personaje se integran con naturalidad en la acción y la complejidad de la trama nunca se convierte en un obstáculo para el espectador. Al contrario, pone de relieve la precisión con la que está construido todo el entramado escénico.
Andrea Soto ya había dejado una excelente impresión en El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, en la producción dirigida por Mariano de Paco Serrano, estrenada en 2013, y más recientemente en Nada, la primera adaptación teatral de la novela de Carmen Laforet, con versión de Joan Yago y dirección de Beatriz Jaén, estrenada en 2024 en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional. En El trovador vuelve a enfrentarse a un texto de gran exigencia y despliega una voz amplia, limpia y perfectamente proyectada, una cualidad especialmente valiosa en una función donde la palabra constituye uno de los pilares del espectáculo.
Tras su exitoso paso por El monstruo de los jardines, de Calderón de la Barca, con la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico bajo la dirección de Iñaki Rikarte, estrenada en 2024, y por Numancia, de Miguel de Cervantes, en la versión y dirección de José Luis Alonso de Santos para GG Producción Escénica, estrenada en 2025, Ania Hernández vuelve a encontrarse con otro de los grandes títulos de nuestro patrimonio dramático. En El trovador afronta con naturalidad la continua alternancia de personajes que propone la dramaturgia y contribuye decisivamente a que una trama de notable complejidad se siga siempre con claridad.
Además, Daniel Rovalher, Didier Otaola y Daniel Llull asumen igualmente una responsabilidad esencial dentro de la arquitectura de la función. Sobre ellos descansa buena parte de las transiciones, de los cambios de situación y de la evolución de una historia en la que los personajes se cruzan continuamente. Los tres resuelven esa tarea con solvencia y contribuyen de forma decisiva a que el desarrollo de la acción conserve siempre su esencia.
Por si no fueran suficientes las virtudes ya reflejadas, la música en directo es una parte esencial de este montaje porque recuerda permanentemente el vínculo entre el drama de Antonio García Gutiérrez y la ópera que Giuseppe Verdi escribiría años después. Ramón Gil, al piano, y Marina Barba, al violonchelo, convierten ese vínculo en un ejercicio de feliz homenaje.
En este sentido, hay montajes que justifican su existencia por la novedad de su planteamiento y otros porque consiguen que el espectador vuelva a mirar una obra que creía conocer. Este El trovador pertenece a esa segunda categoría. Su mayor mérito consiste en demostrar que un gran texto recupera toda su fuerza cuando se pone en manos de quienes saben leerlo y llevarlo al escenario con inteligencia.
Y quizá ahí resida el mayor éxito de este montaje, a saber, que el espectador salga del teatro pensando un poco menos en Verdi y un poco más en Antonio García Gutiérrez. No parece un objetivo menor. ¡Muy, muy recomendable!




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