jueves, 3 de enero de 2013

'Infancia clandestina': Benjamín Ávila promueve un fuerte discurso ideológico en la Argentina de Videla

¡Mis queridos palomiteros!

Recientemente, las salas españolas recibían una película de habla hispana, Infancia clandestina, de cierto tufo derrotista. Veamos las razones.




Sorprendentemente multipremiada, Infancia clandestina despliega una perfecta puesta en escena, cuenta con unos intérpretes de alto nivel, un montaje apasionado y una banda sonora matizada (Pedro Onetto y Marta Roca), pero el cineasta bonaerense de cuarenta años, Benjamín Ávila, resbala al contar su historia personal en la Argentina de Videla, traicionando la objetividad del relato a favor de un discurso ideológico muy asentado.




Infancia clandestina cuenta la historia de Juan, la historia de la herida de un niño de 12 años y su familia. Es una historia de militancias, de clandestinidad y de amores. Donde los deseos se pueden convertir en realidad y también pueden desaparecer. Donde se puede ser feliz y también desdichado. Juan vive enmarcado en el concepto de clandestinidad -forzado por una nueva identidad si se quiere conservar la vida tras años de exilio-, y por eso tiene otro nombre al igual que toda su familia: su mamá Charo, su papá Daniel y su adorado Tío Beto.

Juan se llama Ernesto. En el barrio y en la escuela lo conocen así. Pero en su casa es simplemente Juan. Entre estos dos mundos, Juan y Ernesto, conviven, colisionan y se retroalimentan hasta que nuestro protagonista quiere vivir su vida en libertad -en este caso sólo puede ser en clave de clandestinidad- lo cual pasa por conocer a María, una jovencita de la escuela, que se convertirá en su primer gran amor.




El filme que nos ocupa -candidato al Oscar en la categoría de habla no inglesa y candidato al Goya a la mejor película iberoamericana- irrumpe en la cartelera madrileña -tras haberse exhibido con mucho éxito en Cannes, Toronto, Huelva y San Sebastián- con la sana intención de rememorar un pasado, personal, verídico, pero no veraz, ambientado en la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983) en la que muchos niños fueron robados. No en vano, la madre del director es una de las desaparecidas. Por ello, resulta oportuno recordar ahora La historia oficial, película que dirigió el productor Luis Puenzo y que supuso la primera estatuilla para Argentina en 1985.

Entre los aciertos de Ávila en Infancia clandestina ha de contarse con su fresca y meticulosa puesta en escena, que recoge muy bien el aspecto sobrio de un país en horas bajas y, sobre todo, el punto de vista y lo que supone no perderlo en ningún instante, en un marco opresor y desafiante. De esta manera, Juan es capaz de “asimilar” los ataques de la horrorosa guerrilla, en cierto modo, como si se tratara de un juego

En este sentido podemos encontrar suficientes paralelismos con otra gran película sobre el tema, y rodada por otro argentino, Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), que la definió como “el lugar donde se está, donde no te puedes escapar”, el alusión directa al juego de mesa sobre estrategias militares, Risk, en el que participan un padre y un hijo. Lo que es innegable es que Infancia clandestina funciona por su habilidad manejando atmósferas y tonos dramáticos si dejamos a un lado el marcado carácter ideológico de la historia.




Pese a que elige llenar las rutinas de sus personajes de momentos de humor, el drama de Ávila acusa problemas de ritmo y de definición narrativos en los que alterna momentos de tensión casi intolerable con otros de gran ternura, a veces demasiado almibarados.




Podemos concluir, pues, que a pesar de que destapa otro capítulo doloroso sobre los nefastos y amargos hechos del conflicto armado en Argentina, Ávila, toma tanta parte en el tema que termina por personalizar demasiado el asunto, por eso el tono de su guión tiende a juzgar la historia desde una óptica deformada y sus emociones no consiguen revelar con hondura crítica los sucesos exactos que se inserta su Infancia clandestina.