En la última edición, además de polémica, también se premiaron películas...
La Hollywood Foreign Press Association (HFPA), nacida en 1943, está formada por un pequeño grupo de periodistas extranjeros acreditados en Hollywood. La pretensión de sus integrantes es ingresar la mayor cantidad de millones de dólares posible, cedidos generosamente por la cadena de televisión norteamericana NBC que los emite en directo.
Hubert Boesl/DPA
Director Martin McDonagh (l-r), actors Sam Rockwell and Frances McDormand poses in the press room of the 75th Annual Golden Globe Awards, Golden Globes, at Hotel Beverly Hilton in Beverly Hills, Los Angeles, USA, on 07 January 2018.
Y eso que los resultados de losGlobos de Oro son siempre una referencia bastante fidedigna sobre los gustos de la Academia de Hollywood, pero con ciertas limitaciones: los distinguen entre drama y comedia, o musical, en las categorías de mejor película, actor y actriz protagonista, con lo que se seleccionan, en total, el doble de candidatos (y a veces más) que en los posteriores Oscars.
Paramount Pictures Spain distribuyó en febrero en España Fences, en el pórtico de los Premios Oscar a los que optaba en cuatro categorías (Mejor Película, Mejor Actor Principal (Denzel Washington), Mejor Actriz de Reparto (Viola Davis) y Mejor Guión Adaptado). La traemos hoy a las pantallas por su actualidad.
Se trata de la tercera incursión en la dirección de cine del actor Denzel Washington, que ha adaptado con fidelidad la obra de teatro homónima, escrita en 1983 por el desaparecido dramaturgo estadounidense August Wilson, pero que no llegaría a los escenarios de Broadway hasta cuatro años después, con grandes protagonistas, a saber, James Earl Jones y Mary Alice, y ganadora del premioPulitzer en 1987.
Ambientada en la década de los 50, la película narra la historia de un padre afroamericano, Troy Maxon, basurero que trabaja en Pittsburgh -quien de joven era un prometedor y ambicioso jugador de béisbol que soñaba con vivir del deporte-, que hará frente a los prejuicios raciales para sacar adelante a su familia a pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa.
Después de haber ganado ambos premios Tony (los del teatro de Broadway) por el excelente revival de 2010, Denzel Washington y Viola Davis transmiten con fuerza las complejidades y contradicciones de su matrimonio, que ya dura 18 años, y que ha ido creciendo con mimbres no muy sólidos. Por su parte, los protagonistas conocen su papel de cabo a rabo y -junto al elenco de secundarios- resuelven sus complejos roles con algo más que solvencia.
Washington se mantiene apegado al texto teatral sin excepción hasta llegar a las más de dos horas de metraje en una película que va ganando calado emocional por sedimentación. No obstante, la película se sigue con interés por sus actores y porque su libreto se mantiene vigente.De hecho, la miga del drama es el texto de Wilson, es decir, una maravilla -conmovedor y naturalista-, incluso por momentos casi musical gracias a su cadencia.
Es justo recordar que el trabajo de Washington detrás de la cámara no resulta en absoluto desdeñable. Es detallista, elegante, y a veces hasta sutil. Su interpretación tampoco es nada mala. Teniendo en cuenta que su personaje (uno de esos papeles-bombón para cualquier actor) llega a ser extremo en ocasiones, Washington mantiene a raya, dentro de sus posibilidades, su afición por el histrionismo.
En este sentido, hay que destacar a Viola Davis, que hace un trabajo colosal como esposa de un personaje deplorable, y a Stephen Henderson, cuyo personaje (un compañero de trabajo del protagonista) es el que mejor cae de toda la película, especialmente porque es el que menos habla.
En todo caso, Washington se enfrenta de este modo al material con una disfrutable ferocidad, como un hombre poseído. Ayuda mucho en esta línea, y después al resultado final, el guión del laureado dramaturgo norteamericano Tony Kushner, si bien se echa en falta que el director le hubiese imprimido algo más de nervio a la puesta en escena.
Recientemente, las salas españolas recibían una película de habla hispana, Infancia clandestina, de cierto tufo derrotista. Veamos las razones.
Sorprendentemente multipremiada, Infancia clandestinadespliega una
perfecta puesta en escena, cuenta con unos intérpretes de alto nivel, un
montaje apasionado y una banda sonora matizada (Pedro
Onetto y Marta Roca), pero el cineasta bonaerense de cuarenta
años, Benjamín Ávila, resbala al contar su historia personal en la Argentina de
Videla, traicionando la objetividad del relato a favor de un discurso
ideológico muy asentado.
Infancia clandestina cuenta la historia de Juan, la historia de la
herida de un niño de 12 años y su familia. Es una historia de militancias, de
clandestinidad y de amores. Donde los deseos se pueden convertir en realidad y
también pueden desaparecer. Donde se puede ser feliz y también desdichado. Juan
vive enmarcado en el concepto de clandestinidad -forzado por una nueva
identidad si se quiere conservar la vida tras años de exilio-, y por eso tiene
otro nombre al igual que toda su familia: su mamá Charo, su papá Daniel y su
adorado Tío Beto.
Juan se llama Ernesto. En el
barrio y en la escuela lo conocen así. Pero en su casa es simplemente Juan.
Entre estos dos mundos, Juan y Ernesto, conviven, colisionan y se
retroalimentan hasta que nuestro protagonista quiere vivir su vida en libertad
-en este caso sólo puede ser en clave de clandestinidad- lo cual pasa por
conocer a María, una jovencita de la escuela, que se convertirá en su primer
gran amor.
El filme que nos
ocupa -candidato al Oscar en la categoría de habla no inglesa y candidato al
Goya a la mejor película iberoamericana- irrumpe en la cartelera madrileña -tras
haberse exhibido con mucho éxito en Cannes, Toronto, Huelva y San Sebastián-
con la sana intención de rememorar un pasado, personal, verídico, pero no
veraz, ambientado en la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983) en la que
muchos niños fueron robados. No en vano, la madre del director es una de las
desaparecidas. Por ello, resulta oportuno recordar ahora La historia oficial, película que dirigió el productor Luis Puenzo
y que supuso la primera estatuilla para Argentina en 1985.
Entre los
aciertos de Ávila en Infancia clandestina
ha de contarse con su fresca y meticulosa puesta en escena, que recoge muy bien
el aspecto sobrio de un país en horas bajas y, sobre todo, el punto de vista y
lo que supone no perderlo en ningún instante, en un marco opresor y desafiante.
De esta manera, Juan es capaz de “asimilar” los ataques de la horrorosa
guerrilla, en cierto modo, como si se tratara de un juego.
En este sentido
podemos encontrar suficientes paralelismos con otra gran película sobre el
tema, y rodada por otro argentino, Kamchatka
(Marcelo Piñeyro, 2002), que la definió como “el lugar donde se está, donde no
te puedes escapar”, el alusión directa al juego de mesa sobre estrategias
militares, Risk, en el que participan un padre y un hijo. Lo que es innegable
es que Infancia clandestina funciona por
su habilidad manejando atmósferas y tonos dramáticos si dejamos a un lado el
marcado carácter ideológico de la historia.
Pese a que elige
llenar las rutinas de sus personajes de momentos de humor, el drama de Ávila acusa
problemas de ritmo y de definición narrativos en los que alterna momentos de
tensión casi intolerable con otros de gran ternura, a veces demasiado
almibarados.
Podemos
concluir, pues, que a pesar de que destapa otro capítulo doloroso sobre los
nefastos y amargos hechos del conflicto armado en Argentina, Ávila, toma tanta
parte en el tema que termina por personalizar demasiado el asunto, por eso el
tono de su guión tiende a juzgar la historia desde una óptica deformada y sus
emociones no consiguen revelar con hondura crítica los sucesos exactos que se
inserta su Infancia clandestina.
Hace
casi 27 años, cuando estudiaba segundo
de piano en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, en mis
ratos ociosos me dedicaba a preparar otras cosillas más en mi línea artística-cinematográfica de la que
jamás me he desprendido y a la que a la postre se añadió el periodismo y el teatro.
Primero
escuchaba a mi madre tocar al órgano el tema amoroso de El Padrino, mientras en laterraza
de enfrente veía cómo mi padre jugaba al billar con mis hermanos.
Se trataba de
2 instantes vehiculados con el cine muy
personales. Pero mi momentazo se refería a El golpe, la partitura que yo
entonces tocaba al piano, mi preferida. Por tal motivo, quiero hoy recordar
a Marvin Hamlisch, el hombre que ha
desaparecido físicamente para siempre de nuestras vidas y que en estos momentos seguro que deleita con su música a otros
ángeles, ese que hizo posible inocular en mí el dulce veneno musical que,
traducido en poema, podría ser equivalente al “recuerdo infantil” de Antonio Machado, si me concedéis la
analogía...
Pues
bien, el precitado compositor de música de cine, teatro y televisión Marvin Hamlisch, ganador de tres premios Oscar y candidato en otras
nueve ocasiones, falleció este lunes en
Los Angeles, víctima de una parada cardíaca a los 68 años.
Entre
sus más conocidas obras están las partituras y arreglos para películas como Tal como éramos / Nuestros años felices,
La espía que me amó, Bananas / La locura está de moda, El golpe, Gente corriente / Gente como uno, Chorus line, El próximo año,
a la misma hora / El año que viene a la misma hora, La decisión de Sophie, El
asesino del calendario, Frankie y
Johnny, El amor tiene dos caras / El
espejo tiene dos caras y más recientemente ¡El soplón! / El desinformante.
El músico
neoyorquino compuso una cuarentena de bandas sonoras, con las que ganó tres premios de la Academia, otros
tantos Globos de Oro, cuatro Emmys, cuatro Grammys y un Tony, por su musical de
Broadway A Chorus Line.
Marvin Hamlisch, al piano.
Entre
sus proyectos había una nueva colaboración con Steven Soderbergh en el biopic
del pianista Liberace, y un nuevo musical titulado Gotta dance.
Procedente
de una familia de músicos, estudió piano y composición, antes de debutar en el
cine en 1968 con El nadador. En esa
época trabajó para Woody Allen en Toma el dinero y corre y Bananas. La década de los 70 fue su
momento más prolífico y exitoso, pues se alzó -en una sola edición de los
premios de la Academia- con tres doradas estatuillas (dos -banda sonora y
canción- por Tal como éramos y una
por adaptar piezas de Scott Joplin
para El golpe.
Fue
director de Pittsburg Pops Orchestra y la National Symphony Orchestra de
Washington y colaboró en varias de las adaptaciones de las obras de Neil Simon, entre ellas El prisionero de la segunda avenida, y
éste fue letrista de sus canciones para el musical La chica del adiós. Tenía
previsto dirigir la Filarmónica de Nueva York en el concierto de la Víspera de
Año Nuevo de 2013.