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martes, 18 de abril de 2017

'Últimos días en la Habana': ¿Será la vida mejor lejos de Cuba?

¡Mis queridos palomiteros!


La distribuidora Wanda Visión lleva a las salas de cine Últimos días en la Habana, filme triste, pero en ningún caso pesimista, del director de cine y escritor cubano de 72 años, Fernando Pérez Valdés, ganador de un Goya a la mejor película Iberoamericana en el año 2000 por su trabajo La vida es silbar.


Este drama se ambienta en el centro de la Habana hoy día. Miguel (45 años) sueña con huir a New York. Mientras espera un visado que nunca llega, trabaja como lavaplatos en un restaurante particular. Diego (45 años) sueña con vivir. Postrado e inmóvil por el SIDA, libera toda su energía desde el estrecho camastro del cuarto más pequeño del solar.


Mientras Miguel le da la comida a Diego, vamos descubriendo que ambos viven juntos como si fueran la noche y el día. Diego es gay, positivo, luminoso; Miguel es asexual, negativo, oscuro. Diego es el héroe, Miguel el antihéroe. Pero entre ambos existe una amistad contradictoria e indestructible, sostenida por un pasado compartido del que sólo ellos conocen sus secretos.


Ganadora del premio al mejor largometraje Iberoamericano en el festival de cine de Málaga, Últimos días en la Habana ha conseguido mostrar, en toda su crudeza, la vida en la zona más pobre de Cuba, por ejemplo, en la ejecución de trabajos duros remunerados con miserias que impiden el desarrollo de una vida digna. 


Y el director de Suite Habana (2003) repasa sin cortapisas todas las variables que dan forma a la multiforme Cuba, pasando a su vez por la caducidad de los ideales de la Revolución o la corrupción, pero sin mostrarse dogmático e incluso alertando -sin que resulte paradójico- de que irse de una Cuba casi inhabitable no es garantía de una vida mejor. También, Últimos días en la Habana es una película sobre la relatividad de la moral en situaciones específicas y los prejuicios que en el orden ético provocan ciertas conductas no muy habituales, que tienen más que ver con la percepción personal que con la vida misma.


Y aún así, bajo el barniz de una vida sin salidas, Últimos días en la Habana no es una película de ajustes de cuentas, al contrario, es un filme realista en lo esencial: la vida pasa rápido, los amigos nos traicionan, se prodigan las decepciones y nada chirría. El conjunto, aunque falla por su ritmo, resulta armonioso, los diálogos son frescos y naturales, la cinta está bien narrada, estructurada, montada y fotografiada

Además, cuenta con unas brillantes interpretaciones donde sus protagonistas funcionan como perfectos antagonistas de una historia que hubieran preferido no protagonizar y que recuerda muchísimo al trabajo de otros dos grandes cubanos, Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío y su Fresa y chocolate (1994).


José Luis Panero

jueves, 3 de enero de 2013

'Infancia clandestina': Benjamín Ávila promueve un fuerte discurso ideológico en la Argentina de Videla

¡Mis queridos palomiteros!

Recientemente, las salas españolas recibían una película de habla hispana, Infancia clandestina, de cierto tufo derrotista. Veamos las razones.




Sorprendentemente multipremiada, Infancia clandestina despliega una perfecta puesta en escena, cuenta con unos intérpretes de alto nivel, un montaje apasionado y una banda sonora matizada (Pedro Onetto y Marta Roca), pero el cineasta bonaerense de cuarenta años, Benjamín Ávila, resbala al contar su historia personal en la Argentina de Videla, traicionando la objetividad del relato a favor de un discurso ideológico muy asentado.




Infancia clandestina cuenta la historia de Juan, la historia de la herida de un niño de 12 años y su familia. Es una historia de militancias, de clandestinidad y de amores. Donde los deseos se pueden convertir en realidad y también pueden desaparecer. Donde se puede ser feliz y también desdichado. Juan vive enmarcado en el concepto de clandestinidad -forzado por una nueva identidad si se quiere conservar la vida tras años de exilio-, y por eso tiene otro nombre al igual que toda su familia: su mamá Charo, su papá Daniel y su adorado Tío Beto.

Juan se llama Ernesto. En el barrio y en la escuela lo conocen así. Pero en su casa es simplemente Juan. Entre estos dos mundos, Juan y Ernesto, conviven, colisionan y se retroalimentan hasta que nuestro protagonista quiere vivir su vida en libertad -en este caso sólo puede ser en clave de clandestinidad- lo cual pasa por conocer a María, una jovencita de la escuela, que se convertirá en su primer gran amor.




El filme que nos ocupa -candidato al Oscar en la categoría de habla no inglesa y candidato al Goya a la mejor película iberoamericana- irrumpe en la cartelera madrileña -tras haberse exhibido con mucho éxito en Cannes, Toronto, Huelva y San Sebastián- con la sana intención de rememorar un pasado, personal, verídico, pero no veraz, ambientado en la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983) en la que muchos niños fueron robados. No en vano, la madre del director es una de las desaparecidas. Por ello, resulta oportuno recordar ahora La historia oficial, película que dirigió el productor Luis Puenzo y que supuso la primera estatuilla para Argentina en 1985.

Entre los aciertos de Ávila en Infancia clandestina ha de contarse con su fresca y meticulosa puesta en escena, que recoge muy bien el aspecto sobrio de un país en horas bajas y, sobre todo, el punto de vista y lo que supone no perderlo en ningún instante, en un marco opresor y desafiante. De esta manera, Juan es capaz de “asimilar” los ataques de la horrorosa guerrilla, en cierto modo, como si se tratara de un juego

En este sentido podemos encontrar suficientes paralelismos con otra gran película sobre el tema, y rodada por otro argentino, Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), que la definió como “el lugar donde se está, donde no te puedes escapar”, el alusión directa al juego de mesa sobre estrategias militares, Risk, en el que participan un padre y un hijo. Lo que es innegable es que Infancia clandestina funciona por su habilidad manejando atmósferas y tonos dramáticos si dejamos a un lado el marcado carácter ideológico de la historia.




Pese a que elige llenar las rutinas de sus personajes de momentos de humor, el drama de Ávila acusa problemas de ritmo y de definición narrativos en los que alterna momentos de tensión casi intolerable con otros de gran ternura, a veces demasiado almibarados.




Podemos concluir, pues, que a pesar de que destapa otro capítulo doloroso sobre los nefastos y amargos hechos del conflicto armado en Argentina, Ávila, toma tanta parte en el tema que termina por personalizar demasiado el asunto, por eso el tono de su guión tiende a juzgar la historia desde una óptica deformada y sus emociones no consiguen revelar con hondura crítica los sucesos exactos que se inserta su Infancia clandestina.